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¿Qué árbol es usted?

Por Andrea Calderón.


"Las cosquillas en el árbol se llaman hormigas, cigarras, lagartijas, catarinas,

chapulines. El árbol se carcajea echando flores."

Mardonio Carballo.


Estar sentada en el pasto, rodeada por el elenco de Arbolea. Escuchar el acompañamiento del acordeón de Jerónimo y la poesía de Mardonio emitida desde nuestras voces. Sentir que la brisa me despierta y ver el sol cortando las copas de los árboles para envolvernos y dibujar flores y plantas sobre nuestros cuerpos. Estoy quebrada por la pérdida de alguien cuya partida me despojó de algo… algo que todavía no sabría identificar. Y en las grietas que dejó su ausencia, se filtra la paz y el amor que me transmiten el canto de Fran, Xoch y Cosette; la alegría que me provoca Olivier con su irreverencia y su cinismo; la fuerza y el entusiasmo que me contagian Arnaud y Marco con sus ideas y cariño; la seguridad que me llega cada vez que estoy en presencia de Mich y Doy. Hablar de Arbolea sin nombrar a la gente que dio a luz este montaje, no tiene sentido. Y es que en su esencia, esta pieza habla del encuentro. Sí, el encuentro entre seres humanos, pero también el encuentro entre cualquier ser vivo cuya existencia se rige por el intercambio que establece con su entorno. Para mí, fue ante todo un encuentro con la vida en un momento donde el duelo me tenía prensada.

Durante años, he vivido en resistencia constante a volverme ciega. Si no traigo anteojos, podría estrellarme y confundir personas con una facilidad absurda. Pero también, me aterra ver aquello que me incomoda y desestabiliza. Se trata de una ceguera física y emocional. Sin embargo, es en la disposición para volver a ver que he encontrado una profunda conexión con mi alrededor. Me he aferrado tanto al arte porque me ha dado la posibilidad de asombrarme ante la belleza del ser humano cuando me abruma la impotencia frente a nuestra capacidad de destrucción. Me aferro a la danza porque me lleva a gozar mi cuerpo cuando mis emocionas me desbordan y no sé dónde ponerlas. Creo en el teatro por su poder para crear espacios donde podemos imaginar otros mundos en conjunto y por cómo me ha permitido percibir mis experiencias desde lugares distintos.



Fotografía tomada por Andrea Calderón.


Vivir Arbolea modificó mi visión sobre la naturaleza y rompió con la idea que tuve alguna vez sobre la transgresión y la rebeldía. Aprender que la coraza de un árbol está constituida por tejido muerto ya que éste le permite protegerse y mantenerse en vida, me llevó a ver con aceptación las numerosas despedidas a las que me he enfrentado.

Observar que la flexibilidad de los troncos es justamente lo que impide que éstos se quiebren con el viento, me demostró que el saber adaptarse es una inteligencia. Al entender cómo un árbol está en comunicación constante por medio de una red invisible a

nuestros ojos, me hace pensar que no porque parezca que estamos solos quiere decir que

en verdad lo estemos. ¿Qué pasaría si viéramos con total comprensión que somos parte de un sistema donde todo lo que sucede nos afecta en alguna medida, y todo lo que hacemos tiene consecuencias?

Arbolea nunca estaba completa hasta que los espectadores se integraran a ella. Cada función fue diferente, y cada participante le aportó algo único. A veces era un canto, una melodía o una danza, y otras eran conversaciones y confesiones. Con cada público venían modificaciones y sorpresas variadas. Hace un año compartíamos historias e ideas desde la voz y el cuerpo. La convivencia adquirió más sentido que nunca y el acompañarnos desde la ternura y la escucha se volvió el mayor acto de resistencia ante un régimen que desprestigia la sensibilidad y la dignidad de las personas.



Fotografía tomada por Andrea Calderón.


¿Qué pasa cuando ya no podemos coincidir en un espacio sin que haya reglamentaciones y miedos a un posible contagio? ¿Cuándo el contacto se vuelve fuente de preocupación y no de cariño? ¿Cómo cuidamos nuestra salud sin descuidar nuestra vida afectiva? Mientras siento cómo el mundo arde ante tanta incertidumbre e injusticias, me sumo a la ola de personas que intentamos encontrarle un sentido a esta crisis. Y me sigo haciendo preguntas. Y me veo cobarde por el miedo a integrarme a la gente que está ayudando y alzando la voz para obtener justicia. Y a la vez me veo valiente al buscar uno de los actos de mayor transgresión que he conocido: verme. Y en la pausa que tomo, le recuerdo a mi ansiedad que mi valor como persona no reside en qué tanto soy capaz de producir, o viajar, o estudiar, o comprar, o decir… ¿En qué, entonces? Me responde. Y me gusta quedarme con la pregunta. Y no saberlo, para así dejarme descubrirlo. Y recuerdo las flores salvajes que se abren paso entre el concreto. Y me pregunto, ¿qué se está gestando ahora en mis relaciones? Y me siento acompañada en las preguntas. Y recuerdo que la vida persiste, a pesar del ser humano. Y respiro.



Andrea Calderón. Ciudad de México, 1991.

Andrea es Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM. Formó parte del elenco de Arbolea y se dedica principalmente a la fotografía de artes escénicas y de retrato.


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