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Las palabras de los otros.

Siempre me he considerado una persona solitaria, rayando en lo ermitaño. Disfruto la soledad y el silencio, como bienes preciosos que atesoro en mi día a día. Esto, por supuesto, se contrapone a las expectativas que genera el ser actriz (o actor), de quienes lo menos que uno podría esperar es a seres desinhibidos, extrovertidos, almas de la fiesta. No lo soy y creo que a estas alturas ya tampoco espero serlo.


Fue en el 2012 que entré por casualidad a un taller de Traducción de textos dramáticos en la UNAM, impartido por Boris Schoemann y Humberto Pérez Mortera. En realidad era una especie de tregua ante mi falta de trabajo en ese entonces y para mantenerme "activa" decidí tomar el taller. Gran sorpresa.



El campo de la traducción de textos dramáticos me ofreció el silencio y la atención que los procesos de ensayos y montaje, cada vez más veloces, exigen. En la traducción no hay mayor ritmo que el propio. Hay un primer acercamiento con el texto, descubrir cómo escribe el autor, en dónde fija su atención, cómo se expresa cada personaje... pero sobre todas las cosas, rescato la emoción que despierta. Creo que esa primera lectura será el parteaguas del empeño que pondré para hacer una traducción lo más cercana posible, cuidando de no irme a una traducción literal. He aprendido, a fuerza de tropiezos y sesiones de risas locas con editores (¡Un pinche Mercedes!), que las traducciones tienen que ser lo suficientemente neutras para que puedan ser leídas y entendidas desde una primera lectura, sin demeritar las palabras e imágenes elegidas por el autor, las licencias que podemos tomarnos ante ciertas palabras o frases retadoras, son limitadas. Es todo un reto hallar la musicalidad que en el idioma original se encuentra, hacer propuestas osadas y al tiempo que faciliten la lectura.


No estoy segura de a dónde me llevará todo esto. No sé si, a la larga, se vuelva más atractivo hacer caso a mi necesidad de silencio y procesos introspectivos, que la convivencia y la belleza de compartir en escena las palabras que me emocionaron en un primer encuentro. Escribo esto enmedio de una pandemia mundial y todas las cosas que antes me ofrecían cierta certeza, se están desmoronando al tiempo que las cuestiono: ¿vale la pena el arte en un país como México? ¿Qué significa ser artista? ¿Es más artista alguien que se para en un escenario o alguien que escribe sus ideas, que traduce amorosamente las palabras de otros? No tengo respuesta para nada y, a modo de paliativo, me repito que muchos compañeros y compañeras están en las mismas. Lo que sí sé es que en estos tiempos inciertos, saber que la palabra me une a los otros, me da un respiro para que esta crisis sea menos violenta.



Por Francia Castañeda.

2020.

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